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23 de diciembre de 2014 | Actualizado: 17:17h

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22/12/2013

Javier Herrero, in memoriam

Adiós al histórico Cheli, maestro de periodistas

J.P. DE LA TORRE. FOTO: FÓRMULA MOTO.

Ayer por la tarde recibí la noticia del fallecimiento de Javier Herrero, histórico periodista motociclista, durante muchos años director de Motociclismo y Fórmula Moto. Desde aquí, mi más sincero homenaje a su figura.

 

Javier Herrero de Novoa, para muchos simplemente El Cheli. Empecemos por ahí. Tanto decía aquello, muy castizo, de ¿qué pasa, cheli?, tan habitual en el Madrid de los setenta, que al final comenzaron a llamarle así, y a él no le pareció mal. El Madrid motociclista de la época estaba lleno de apelativos: el pollero, el trompa, el profe, el pupi, el nani, el toni, el marce…Y Javier era El Cheli, con mayúsculas. Porque a los demás había que llamarles por su nombre, pero Javier fue siempre El Cheli. Llegó de Saldaña al abrigo de su hermana Maru, esposa de Enrique Hernández Luike, y siendo un chaval empezó a trabajar en la revista Motociclismo desde abajo. Conoció todos los escalones de la profesión, desde vender revistas en las carreras –seguro que algún veterano aficionado aún lo recuerda voceando por Montjuïc- hasta dirigir la que fue la mejor publicación motociclista, a la que entregó la mayor parte de su vida profesional. El día que salió por la puerta de Áncora 40 se fue despidiendo de uno en uno, conteniéndose, hasta que no pudo más y la emoción se le desbordó. Cómo olvidar ese día. Dejaba atrás más de treinta años en esa casa.

La de veces que nos hizo rabiar a casi todos, porque no era fácil trabajar con él, pero lo bien que lo pasamos con su compañía compensa en buena medida los momentos más complicados. Javier era impulsivo y testarudo, era imposible convencerle de algo que no le convencía. “Aunque no tenga razón, no la doy”, le oí decir mil y una veces. Medio en broma, pero medio en serio también.

Trabajar con él no siempre fue fácil, ni divertido. Era exigente, mucho. De su boca tuve que oír una vez que me dijo “vale ya de hacer de hermanita de la caridad”, porque le colé alguna entrevista muy plácida, sin pinchar. Pero también era fiel a los suyos. Daba la cara por ti cuando había que hacerlo, pero sin condescendencia, a las claras, y si tenía que mandar a alguien a tomar… pues lo hacía. Era un director de los de antes, siempre dispuesto a bajarse a la arena y, si era necesario, se ponía de barro hasta las cejas. Más de una vez le oí decir que él mismo era su mejor obrero, y era cierto porque no le afeaba ninguna tarea, y trataba con el mismo interés y naturalidad un motocross junior que una reunión con la cúpula directiva de los fabricantes de motos.

Como compañero de viaje no hubo otro. Hicimos muchos Madrid-Jerez y Jerez-Madrid. Era como llevar la radio puesta. De cada curva del camino sacaba un recuerdo. Y viajar con él a un circuito, a cualquier carrera, a cualquier lugar de la España motociclista suponía tener las puerta abiertas de par en par.

Anécdotas, miles. Desde olvidarse en la maleta la cámara cuando regresó con el equipo Derbi de Yugoslavia, con el primer título de Nieto –Andreu Rabasa le tuvo que prestar la suya para inmortalizar al “doce más uno” bajando del avión-, hasta la épica pelea con Vukmanovich, en Phillip Island, cuando Cardús perdió el título de 250. A Javier no le dolían prendas por contar todo. Y lo hacía sin fantasear. En el periodismo motociclista español ha habido y hay grandes fabuladores, pero pocos han sido tan fieles a la verdad como él.

Javier se nos ha ido sin escribir el libro de Ángel Nieto. Mira que se lo decíamos, hace más de veinte años: “Cheli, te tienes que jubilar e irte a Saldaña a escribir la biografía de Ángel Nieto”. La de historias que nos contó sobre Ángel, sobre aquellos años bárbaros de Nieto, con Derbi, viajando con ellos, incrustado –como dicen ahora de los corresponsales de guerra-, compartiendo habitación. Pero no nos hizo caso y nunca le dio por escribir ese libro que habría valido su peso en oro. Ya nadie podrá contar la verdadera historia de Nieto.

Y ahora se nos ha ido, demasiado pronto, demasiado rápido. Desde hace tiempo sabíamos de su enfermedad. El pasado mes de febrero se le rindió un cariñoso homenaje en Madrid donde se reunió buena parte de la profesión de los últimos 60 años. Me pilló de viaje, pero sé que él lo disfrutó mucho. En estos años siguió siendo un incondicional en nuestros encuentros habituales para rendir homenaje a César Agüí y para la tradicional visita al Pelox Museo, donde nos reunimos los amigos hechos por el camino. Este año ya no pudo venir a la comida del Pelox, ya estaba ingresado en el hospital. “¡Pero compradme lotería!”, insistió. Y lo hicimos.

Hasta siempre, Javier.

 

 

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