7 de febrero de 2012 | Actualizado: 13:06h
|
Por Juan Pedro de la Torre
El paso del Mundial de MotoGP por Indianápolis ha revelado ciertas concesiones del campeonato hacia el mercado norteamericano, que no se tienen con otros lugares. Las numerosas caídas sufridas en el pasado Gran Premio, con cifras próximas a las de una carrera disputada bajo la lluvia a pesar de una climatología excelente, demuestran que a pesar de la renovación por una temporada más Indianápolis necesita una severa revisión e importantes reformas, especialmente en su asfalto, para ser un circuito del nivel que requiere un campeonato como el Mundial de MotoGP. Las instalaciones del Indianapolis Motor Speedway abruman por su magnitud, pero lo más importante de un circuito no es su sala de prensa, su campo de golf, el monumental podio con ascensor, o los 250.000 asientos de su graderío. Lo más importante de un circuito tiene que ser su pista, y en este sentido, Indianápolis decepciona. En la primera visita al circuito, en 2008, condicionados por las sacudidas del huracán Ike, apenas reparamos en la pista. Y el año pasado las condiciones tampoco fueron las idóneas, así que hasta esta temporada, en la que se ha disfrutado de tiempo seco y soleado a lo largo de todo el fin de semana, la pobre situación del firme no había podido ser valorada en su justa medida. Ese refrito de trazado resulta de unir parte del peralte de las 500 Millas, el “infield” creado en 1999 para la Fórmula1, y un pequeño tramo construído expresamente para MotoGP. El resultado, es una pista con diferentes niveles de agarre que provocaba desconfianza y desconcierto en los pilotos. Pero si sólo se tratara de agarre… Qué decir de los baches, que hacían saltar a las motos de forma claramente visible, sin la necesidad de recurrir a las imágenes de la cámara de alta velocidad. La combinación de mal asfalto y baches provocaron no pocas caídas, llevando al límite los neumáticos; en 125 las gomas de la mayoría de las motos quedaron destrozadas como pocas veces se ha podido ver a lo largo de la temporada. En Moto2 también se llegó en muy malas condiciones, y la situación en MotoGP también fue delicada, aunque hay que reconocer que los Bridgestone respondieron bastante bien en términos de durabilidad. Pero el mal estado del asfalto unido al intenso calor hicieron que los pilotos se enfrentaran, probablemente, a la peor pista que han visto en muchos años. Si en vez de estar situado en Estados Unidos este circuito se encontrara en cualquier otro punto del mundo, seguramente le habrían llovido toda clase de críticas. Es sorprendente que se acepte correr en estas condiciones, en una pista originariamente diseñada para rodar en sentido contrario, con unos peraltes abruptos y unos desagües mal ajustados. Es de suponer que cuando la FIM concedió la homologación al circuito, reparó en todos estos detalles, como los arcenes, cuya orientación tiene que cambiar cuando cambia el sentido de giro.
Los problemas con las deslizaderas no fueron un tema exclusivo de los pilotos de Ducati Corse, hubo más pilotos que sufrieron semejantes inconvenientes, y el remate fue la deslizadera de Nicky Hayden arrancada por la tapa de un desagüe en plena carrera de MotoGP. Puede parecer una anécdota más, pero es un verdadero problema que ha de revisarse. Lo grave de esta situación es que la continuidad de Indianápolis en el campeonato sólo tiene un horizonte de una temporada, y con tan pobre perspectiva difícilmente se hará una inversión en mejorar el trazado, que se utiliza exclusivamente para la carrera de MotoGP. Sería bueno saber qué piensan los gestores de otros circuitos del Mundial, que recientemente han realizado multimillonarias inversiones para mejorar las condiciones de la pista. Ahora es cuando los trabajos realizados hace dos años en Jerez, por ejemplo, se valoran en la medida que se merecen. Qué se diría del circuito si en vez de estar en Estados Unidos estuviera en cualquier otro rincón del planeta. Seguramente se cuestionaría su continuidad, pero se trata del valioso y casi impermeable mercado norteamericano. MotoGP fue gratamente acogido en 2008 en Indianápolis, y el promotor local invirtió una buena cantidad de dinero en publicidad, pero no basta con una buena promoción o montar un “show” en el centro de la ciudad. Lo necesario es ofrecer a los pilotos un circuito seguro. Y hablar de seguridad no sólo es pensar en escapatorias y protecciones: bastaría con ofrecer un asfalto digno. Pero ha habido otro detalle que habla de las concesiones que se otorgan a la organización norteamericana. Honda America invirtió un dineral impensable en el equipo de Moto2 para el invitado Roger Lee Hayden, pero el menor de los Hayden se vio involucrado en la montonera de la primera salida. El caso es que no llegó al “pit lane” dentro de los cinco minutos posteriores a la suspensión de la carrera (artículo 1.25.1), ni tampoco Raffaele De Rosa. Pero cuando se lo comunicaron al equipo, Kevin Schwantz, que se estrenaba como “team manager”, presionó al representante del IRTA que se lo notificó. Se pudo ver por televisión, y su insistencia fue tal que aparte de cambiar de plano, la Dirección de Carrera optó por hacer la vista gorda y dejarle salir. Y también a De Rosa, faltaría más. Me gustaría saber qué piensan de semejante decisión Álvaro Bautista y Aleix Espargaró, que en Sachsenring se quedaron sin posibilidad de abordar la segunda parte de la carrera de MotoGP al aplicarles el mismo artículo del reglamento. Pero claro, cómo se le va a decir que no a Schwantz y Honda America en Indianápolis. Cómo se le va a decir que no al amigo americano. Esa decisión ha sentado un peligroso precedente, la Dirección de Carrera ha perdido legitimidad para imponer las normas porque ha sido la primera en incumplirlas. La ley debe estar por encima del legislador y no al servicio de sus intereses.
Compartir: |
