Banner
Banner

Motoworld: las noticias del motociclismo

17 de mayo de 2012 | Actualizado: 13:28h

El diario de JP. Por Juan Pedro de la Torre

06/09/2010

Cuando las carreras duelen

 

Por Juan Pedro de la Torre

La muerte de Shoya Tomizawa ha sido un duro mazazo para todos los que de uno u otro modo estamos vinculados al Mundial de MotoGP. Siempre intentas aferrarte a la más mínima esperanza, pero tras ver la caída y la imagen de Tomizawa tendido inerte en el suelo, y trasladado en camilla, había que admitir que la situación debía ser terrible. Desgraciadamente así ha sido. Shoya nos deja un recuerdo entrañable, y su muerte, como las recientes tragedias que han azotado a este bello pero, a veces, tan ingrato deporte, invitan a la reflexión y al recuerdo.

Es doloroso ver como una vida se extingue de forma tan brutal, especialmente cuando se trata de alguien joven, como Tomizawa, o como Peter Lenz, que no era más que un niño. Pero da igual si es un adolescente o un hombre maduro el que pierde la vida en las carreras, porque ese peaje que a veces se paga por disfrutar de este deporte es siempre un coste altísimo. Hace unas semanas hice una reflexión muy crítica sobre el Tourist Trophy y el riesgo al que los pilotos se enfrentan al tener que correr en un circuito natural, con escasas medidas de seguridad. El TT volvió a dejar nuevas víctimas en el camino, y pensaba ahondar en esta situación por la tragedia repetida en el Manx Grand Prix, con dos nuevos muertos y varios accidentes gravísimos. Pero antes de tocar una tecla nos hemos encontrado con la tristeza de las pérdidas de Lenz, que no era más que un niño, una situación que invita a otro tipo de análisis, y Tomizawa, un joven piloto profesional que contaba ya con cierta experiencia.

Me resulta difícil valorar todo con frialdad, porque Tomi no era precisamente un extraño. Con mis hermanos de las carreras, Borja, Jaime y Mela, compartí una divertida anécdota con él en Jerez, y aquel fin de semana fui compañero de mesa de los fotógrafos japoneses en el Mundial, y recuerdo como Tomi les mostraba ilusionado el reloj y el diploma que se entrega a los que consiguen una “pole” –su primera “pole”-. Siempre que te cruzabas con él hacía un divertido gesto: se tapaba los ojos con la mano izquierda mientras que con la derecha daba gas a fondo, riéndose, porque siempre reía.

Cuando llegas a una situación así, no puedes analizar las cosas con frialdad ni ser objetivo. No soy capaz. No me ha tocado de cerca ninguna tragedia del TT, pero te impresiona ese dolor repetido y cíclico que sacude cada edición, como si tal cosa. Impresiona que la vida siga, sin inmutarse. Quizás porque cada nueva carrera es un homenaje de los que se quedan hacia los que se van, porque si lo dejáramos todo, su sacrificio habría sido absurdo. Me costaba entender cómo se puede seguir corriendo en la isla de Man después de la siniestra lista de pérdidas humanas que acumula, pero creo que empiezo a darme cuenta de lo que significa seguir con la carrera, con cualquier carrera tras una tragedia como la que hemos vivido en Misano. Quizás ahora entiendo también a los veteranos que corrieron antes en el Mundial, en los ’50 y los ’60, y también en los ’70, cuando cada temporada tenías que decir adiós a un amigo, a un compañero, a un rival… ¿Por qué no dejarlo todo después de algo así? Porque dejar las carreras sería como olvidarnos de los que se quedan en el camino. Alguien me dijo una vez que la gente no se muere, que simplemente se va; muere cuando los olvidamos. Cada nueva carrera que hagamos permitirá mantener el recuerdo de Tomi, de Lenz, de todos los que se fueron. Y si dejamos de hacer carreras, nos olvidaremos de ellos.

Pero también existe otra reflexión que tiene que ver con lo sucedido en Indianápolis, no por la muerte de Peter Lenz, sino por la perenne obsesión por la precocidad en las carreras de velocidad. El deporte profesional emprendió desde hace un par de décadas una absurda carrera en busca del campeón más joven, una competición por conseguir ganar cuanto antes, por batir records, por quemar etapas. Y todos somos culpables. ¿De verdad es necesario lanzar a un niño a una carrera profesional cuando disfruta un amplio horizonte por delante? El motociclismo al más alto nivel se puede desarrollar hasta los cuarenta años o más con total plenitud. Que le pregunten a Max Biaggi si no es así. Es un tema sobre el que tendremos que hablar, aunque no ahora.

No puedo dejar de hablar de lo que supone para el motociclismo japonés la muerte de Tomizawa. La tragedia se ha cebado repetidamente con este país, que durante los años noventa estuvo a la vanguardia del Mundial, ganando títulos y sumando victorias y podios más que ningún otro. Pero la muerte de Daijiro Katoh en Suzuka, en 2003, pareció marcar el declive japonés en el campeonato. El título conseguido por Hiroshi Aoyama el año pasado fue una sorpresa inesperada, y no correspondía con la realidad del motociclismo japonés, cuyo futuro estaba centrado en Tomizawa, por su juventud y su talento. La fatalidad se ha cebado con los pilotos de esta nacionalidad. Las tres últimas muertes en el Mundial de MotoGP han sido pilotos japoneses: Nobuyuki Wakai en Jerez en 1993, Katoh en Suzuka en 2003, y Tomizawa ayer. También en SBK perdieron a Yasumoto Nagai en 1995. Y más recientemente la muerte del añorado Norifumi Abe en un accidente de tráfico hace dos años, y de Noriyasu Numata, ex-piloto de GP, durante una pruebas, ha sumido a Japón en un repetido duelo.

Me he hartado de oír a lo largo del fin de semana que cada vez que se hablaba de Misano parecía inevitable dar como única referencia histórica el fatídico accidente de Wayne Rainey, que le dejó postrado en una silla de ruedas, y del que se cumplían precisamente ayer 17 años. Fue una referencia tan repetitiva como macabra, como si Misano sólo fuera memorable por las tragedias vividas o por su historia negativa, como el plante de los pilotos oficiales de 500 en 1989. La muerte de Tomizawa como el accidente de Rainey no fue responsabilidad de esta pista, sino de las circunstancias, y no hay que estar ahondando constantemente, de forma machacona, en la tragedia.

Es desafortunado que una región donde se vive con una pasión desmedida el motociclismo se vea sacudida de esta forma por el lado amargo de las carreras. Aquí, en la Emilio-Romagna, las carreras de motos forman parte de la cultura popular. Aquí se desarrollaba en el pasado la Mototemporada Romagnola, una serie de carreras de primavera que reunía a los mejores pilotos del Mundial: Milano Maritima, la Rivera Adriática, Cesenático,  Rimini, Riccione, una serie de circuitos urbanos, ni mejores ni peores que los habituales que se encontraban en el Mundial. Hacían las veces de los actuales entrenamientos de pretemporada, y aquí causaron sensación Ramón Torras y Santiago Herrero, midiéndose y batiendo a motos superiores. La Mototemporada Romagnola llegó a su fin tras la carrera de Riccione de 1971, como consecuencia del fatídico accidente de Angelo Bergamonti, el compañero de Giacomo Agostini en MV Agusta. Bergamonti cayó en la carrera de 500 y falleció en el mismo escenario, el hospital de Riccione, donde ayer expiró Tomizawa.

No quiero que cuando volvamos a Misano la próxima temporada el recuerdo de algo tan triste como la muerte de Shoya o el accidente de Rainey se convierta en una repetida letanía. Me gustaría que en todas y cada una de las carreras a las que vayamos recordemos a Tomizawa por lo que fue y lo que nos dio. Yo, personalmente, me quedó con su divertida imagen a hombros de Borja y Mela, frente a la barra de la Venta Esteban, jaleado por los amigos de las carreras, entre la vergüenza y la emoción que le hizo sentir ese grupo de locos españoles.

 

 

 

Pie de página